Gatos: del “no-no” al “sí, acepto”

Personalmente me siento muy satisfecha de ser una mamá y en especial de ser una mamá mexicana. Creo que en general el ser madre, sin importar a que cultura perteneces, es un enorme privilegio y una gran responsabilidad por muchas razones; ser una de las influencias más significativas y fuertes en la vida de otra persona –como un hijo- es inmensamente importante; nosotros dejamos una huella, en quienes dependen de nosotros: con nuestro trato, la manera de hablarles, de comportarnos alrededor de ellos. 

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Foto: VisionPic en Pexels

Y aunque esto es un general en las madres del mundo, creo que las mamás mexicanas tenemos un “algo” que nos hace más… maternales, “preocuponas”, preguntamos, opinamos, cuidamos ¡no sé cómo llamarlo! Por algo la expresión cita: “mamá gallina”; demostramos nuestro amor y cariño de ciertas formas específicas que, como todo, tiene pros y contras.

Esto, al menos, es lo que me ha tocado vivir, tanto dentro de mi familia, como en las familias de mis amistades y conocidos. Por azares del destino, muchas de mis amigas son mujeres solas o divorciadas que están al frente de la crianza y manutención económica de su casa y sus hijos; algunas por decisión propia, otras por que no tuvieron mucho rango de opción. 

También he tenido el privilegio de conocer a otras mujeres o leer sobre sus historias; mujeres que yo califico de “guerreras”, pues además de estar a cargo de sus hijos y familia, se han hecho el tiempo para levantar negocios y realizar actividades como:  dar trabajo y apoyar a otras familias; ayudar a otras mujeres como ellas; cuidar a sus padres; ser pilar en sus comunidades y participar en causas sociales .

Mujeres en todo el mundo, pertenecientes a diferentes estratos sociales son un orgullo y una inspiración para mí; son un recordatorio constante de la capacidad que tenemos, de nuestros alcances al tocar vidas y formar comunidades.

En mi experiencia, las mamás mexicanas nos caracterizamos por ser pilares dentro de nuestras familias o círculos sociales; por cuidar mucho a los “nuestros” –tanto a los de sangre como a los que terminan como “parte de” por elección o casualidades del destino; por ingeniárnosla para sacar adelante “la carreta”; por siempre estar al pendiente de los hijos (propios y anexados), por si comieron bien, por si van bien tapados, por si tienen todo lo que necesiten para estar sanos… 

Foto: Pablo Rebolledo Unsplash

Estamos dispuestas a atender invitados, parejas, amistades, familia. Por lo general somos las últimas en sentarnos, buscamos que todos estén bien y no les haga falta nada; buscamos cuidarlos a través de la comida, pues es como demostramos que nos importan y los queremos; solemos pasar tiempo en la cocina y nos encanta compartir estos espacios con otras mujeres de la familia o de amistad donde encontramos consejo, sabiduría, refugio y desahogo.

Reímos y lloramos entre nosotras, para mostrarnos siempre fuertes y cálidas a la vez, para todos los que nos necesiten. Dentro de nuestros corazones llevamos en alto la palabra “Mamá”, aunque no siempre seamos conscientes de nuestra importancia e impacto. 

Tenemos disponibilidad para dar un abrazo o una palabra de aliento a quien lo requiera y solemos ser más fuertes de lo que nosotras mismas nos creemos o imaginamos; o al menos esto es lo que recibimos como comentarios de algunas personas, e incluso se lo decimos con convicción a otras, aunque no podamos verlo en nosotras mismas.

Yo, elegí ser mamá de 5: un niño de 9 años que es la luz de mis ojos, y 4 felinas que hoy en día han pasado a ser parte esencial en mi familia. No sólo las amo, sino que me han ayudado a cuestionarme ciertas posturas y creencias, a ver la vida desde otro ángulo, a enfrentarme a ciertos miedos y a salir de mi zona de confort.

Reconozco que los gatos no tienen tanta popularidad como los perros. Yo misma era del grupo de personas que decía: “¿Gatos??? ¡Nunca! ¡Me caen gordos! ¡Son volubles y traicioneros!” En realidad, NUNCA creí tener gatos en mi vida…yo siempre pensé: mascota=perro y luego de que tuve a mi enano, imaginé que si llegaba a tener alguna mascota sería un perro. Ya saben: -¿La imagen feliz de internet donde el niño corre en la verde pradera con un cachorro mientras los dos van creciendo a través de los años para convertirse en mejores amigos por siempre? Sí. Yo también era de esas.

Hasta que un buen día, mi hijo me dijo: “¡Mamá en serio! Quiero tener a alguien con quien jugar porque tú casi siempre estás ocupada o estás trabajando. Así que, quiero un hermano o quiero un gato.” Ya se habrán imaginado mi cara cuando me dijo eso porque yo llevaba un año separada y lo último que tenía en mis planes era otro hijo, ¡glup!

No suelo reaccionar a ultimátums y menos viniendo de un niño de 8 años -en aquel entonces-; pero por un momento pude ponerme es sus zapatos y logré ver por qué dentro de mi situación actual, su solicitud no estaba jalada de los pelos: Vivía en un departamento sola con mi hijo, trabajaba de lunes a viernes, 2 y 3 días a la semana de 8 am a 6 pm para poder pagar su escuela y cubrir otros gastos tanto míos, como de la casa, y casi nunca estábamos ahí. 

Tomando en cuenta el pliego petitorio de mi chamaco, por espacio, tiempos y presupuesto, tener un gato no sonaba taaaan descabellado. 

No pensaba tener otro hijo; mantener a uno y darle el nivel de educación y de vida que era importante para mí, ya era de por sí difícil; así que un hermano estaba completamente fuera de cualquier consideración, y aunque yo hubiera preferido un can como animal de compañía por mis experiencias anteriores, pensé que tener un perro, para que estuviera encerrado en un departamento, sin acceso a un jardín o a un lugar donde pudiera correr y desfogarse, era un acto de crueldad para él y de estupidez para mí: ¿Cómo iba a quedar mi casa luego de dejarlo solo por 10 horas casi todos los días????

Foto: David Bornick Pexels

Acto seguido, me encontré haciendo todo un “research” sobre gatos: le pregunté a mis amigos y conocidos que tenían gatos: qué comían, cómo eran, qué se hacía con ellos, qué cuidados necesitaban, consumos, vacunas, pros, contras, etc. Me metí a investigar en internet, busqué páginas con información, me hice gran amiga de YouTube, y hasta fui a “la Gandhi” a comprar una guía rápida sobre gatos, sus comportamientos, cuidados, y qué esperar cuando adoptas a un minino y lo metes a tu hogar. 

Durante 30 días estuve leyendo e investigando y por supuesto, hice que mi hijo también leyera para saber a qué nos estábamos comprometiendo como familia. Este proceso casi OCD siempre lo he hecho para las cosas que considero importantes: leo e investigo, busco expertos sobre el tema y junto mucha información que considero relevante, y luego trato de tomar la mejor decisión informada al respecto. Al menos, esa es mi intención.

Así pues, luego de leer, ver, preguntar, evaluar, hacer diagramas, llegar a acuerdos en la casa, repartir responsabilidades, hacer cálculos monetarios y presupuestos anuales aproximados (muuuuy importante), medir espacios y hacer las compras mínimas indispensables, decidí que estábamos listos para recibir a la nueva “miembra” de la familia (sí, quisimos que fuera hembra). 

Como postura personal, creo que el adoptar animalitos de la calle en realidad ayuda, dándoles la oportunidad de un hogar cariñoso y además contribuye a que la gente deje de tener criaderos y a restar al problema de sobrepoblación ya existente. Por lo que, luego de dedicar tiempo a explicarle mis motivos a mi hijo, y a resaltar la importancia de adoptar y no comprar una mascota, buscamos albergues y lugares que se enfocan en acomodar animales rescatados. 

Foto: Thomas Park Unsplash

El esperado día llegó. Recuerdo que fue un fin de semana, un sábado. Le pedí a un muy querido amigo que nos acompañara (porque en el fondo la verdad, yo no sé ustedes, pero a mí casi siempre –más siempre que casi- las cosas nuevas me dan “miedillo”, y no quise ir sola. 

Llegamos al parque México, y nos acercamos a las diferentes personas que tenían animalitos en adopción. Mientras mi hijo corrió a las jaulas de gatos, mis ojos deambulaban entre los cachorritos suspirando, tratando de convencer a mi mente que, en una de esas, ¡igual y sí podíamos tener un perro! 

Pero no. Mi parte racional y lógica, aunada a la cara de emoción de mi hijo frente a los gatos me detuvo. Mi niño se paró frente a una jaula y vio una gatita gris con negro que estaba agarrada como chango a la jaula. Se veía muy asustada y maullaba con un tono muy agudo. Se volteó y me dijo: “¡Es esta mamá!”.

Pedimos que nos sacaran a la gatita. Se veía cachorrita y nos informaron que la habían recogido de la calle el día anterior y que estaba muy asustada. Se movía con carácter y aunque estaba chiquita, era fuerte y luchaba por soltarse. La misma persona –creo que después de ver mi cara- me dijo: aquí tengo otra, es mucho más tranquilita y tiene la misma edad: una gatita amarilla con blanco. 

Yo solo escuché “más tranquila” y empecé a recordar lo leído en internet y en la guía:  muebles arañados, plantas, cortinas y tapices destruidos eran algunas de las bellezas que podías esperar en tu casa y que dependía mucho del carácter del animalito. Y aunque yo ya había hecho la paz con esas posibilidades, uno siempre trata de minimizar estas cosas.

Por supuesto, plenamente consciente de mi “influencia de madre” y con premeditación, alevosía y ventaja, me volteé con mi hijo y le dije en mi mejor tono de convencimiento: “¿Ya viste la de acá mi amor? ¡Mira qué bonita, está HERMOSA, con sus colores, y se ve súper cariñosa!!! 

Y entonces, fui cortada abruptamente por un: “Mamá, tú me dijiste que yo podía escoger porque va a ser mi mascota. Yo siento que esta es la que debemos de llevarnos”. Y sí; yo le había dicho a mi hijo que, si estaba en algún momento de indecisión con respecto al gato o a otras cosas en su vida, que siempre podía cerrar los ojos y sentir en su corazón y en su cuerpo, lo que era correcto elegir o hacer. Así que… Me callé y respeté su decisión. ¡Aunque no pueden culparme por haberlo intentado!

Foto: Darío Mendoza

La verdad, la pobre gata se veía bastante asustada, pero mi hijo estaba feliz y decidió llamarla Mimi.

Y así fue como todo comenzó: nos llevamos a Mimi en el coche en una cajita de cartón y paramos en un veterinario para que la revisaran y desparasitaran; ahí nos enteramos qué tenía pulgas (whaaattt????)  y corrimos a comprarle un jabón especial, un peine como de piojos y aunque ayudó mucho, se requirieron 3 días y como 5 baños para dejarla completamente limpia y apta para que conviviera en mis muebles y sobre todo en nuestras camas. 

No se la pasó naaaada bien; las méndigas pulgas nomás no se morían las canijas y yo acabé con las manos y brazos como si jugara a las “manitas calientes” con el Joven Manos de Tijera. Al final, creo que no sólo descansamos nosotros, sino que ella también al estar limpia y libre de esos bicharajos tan desagradables e incómodos.

Después de eso, pasaron otros 10 días antes de que estuviera completamente sana; porque han de saber que cuando un animalito tiene pulgas, suele tener ciertos parásitos que no se quitan más que con una medicina específica. Yo me tardé 5 días y 3 veterinarios para averiguarlo. 

El primero la revisó, vio las pulgas y le dio un desparasitante normal que le hizo lo que “el viento a Juárez”. El segundo, también supo que había tenido pulgas, pero insistió en que la diarrea era porque mi hijo le había dado dulces a la gata en algún momento y cuando el niño le dijo que él no comía dulces (lo cual es cierto porque es alérgico al colorante y motivo por el que no hay dulces en la casa) le dijo que no mintiera y que confesara la verdad, (¡¿peeerdón?!?!?!?!) Pagué la consulta y salí corriendo de ahí, ¡a contárselo a quien más confianza le tenía!!!!

Foto: Boram Kim Unsplash

Mimi seguía con diarrea y yo empezaba a preguntarme en qué &%$@! momento había decidido que esto de adoptar a un gato había sido una buena idea. No dejaba de pensar en el pobre animalito, que a leguas se veía que no se sentía bien y más aún, ¿qué si se moría??? ¡Ya me veía yo en mi lecho de muerte y mi hijo reclamándome por el trauma generado en su infancia procedente de la muerte de su primera mascota a los 3 días de haberla adoptado! 

Finalmente me recomendaron con el veterinario No.3 que restableció mi confianza en la humanidad y en los veterinarios: una persona mayor, encantadora en su trato, tanto con los pacientes como con los dueños, empático y cariñoso y fue él quien me explicó que cuando los animales tienen pulgas, hay que tratarlos con una medicina especial para parásitos de pulgas. Le dio la medicina, me dio las tomas para los siguientes 5 días y finalmente Mimi pudo estar sana y sin diarrea; su pelo se puso bonito y todos fuimos muy felices.

La verdad en toda esta odisea, varias veces pensé en “darme por vencida” con la criatura: se veía que se sentía mal y nomás no mejoraba; ya había gastado más dinero del “proyectado” (el power point suele ser “un poquito diferente” de la realidad), había lavado mínimo 4 veces mi colcha y mis sábanas en menos de una semana porque a Mimi le gustaba estar en mi cama  y la pobre nomás no llegaba a la caja, y había limpiado muchas vomitadas atrás de los sillones.

Ahora pienso que esto es como todo; como cuando tienes un hijo, o te casas, o aceptas situaciones de responsabilidad: siempre habrá momentos de mucho gozo, momentos de miedo y de angustia, momentos de evaluación de si estamos haciendo lo correcto, momentos de frustración y soledad donde queramos salir corriendo y dejar todo. Pero al final, creo que lo importante es ir resolviendo cada problema a la vez y nunca perder de vista que las mascotas, como muchas de las cosas que tenemos en nuestras vidas, son elecciones y somos responsables de ellas y en esa responsabilidad, debemos reconocer que siempre actuamos tratando de tomar las mejores decisiones dentro de nuestras capacidades y posibilidades, y que son las acciones las que nos definen como personas.

Y aunque cometamos errores en el camino (como llevar a Mimi con el segundo veterinario), en realidad siempre podemos corregir el rumbo, seguir investigando y tomar decisiones diferentes, si queremos tener resultados diferentes. Y esto no sólo es para los gatos, sino para todo en la vida. 

Para poder estar tranquilos con nosotros mismos, debemos reconocer que, independientemente del resultado, hacemos siempre nuestro mejor esfuerzo; lo óptimo dentro de nuestro entender y nuestras posibilidades. Esto al final, nos trae paz en el alma y en el corazón.

Creo que si en cada acción, pudiéramos recordar y reconocer que hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos en ese momento, lograríamos vernos a nosotros mismos y a los demás con mayor consideración y empatía; nos trataríamos de una forma más compasiva. Llegaríamos a querernos y aceptarnos sin tanto castigo. Y al final podríamos sentirnos mejor con nosotros mismos.

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